Del Big Crash y la prescindible patita de atrás
Desgraciadamente, he decidido hablaros de mí. Sí, sí, otra vez. Pero mejor. Es una buena opción, dado que hay pocas cosas que conozca más de lo que me conozco a mí -y soy relativamente igual a todos vosotros-. Sin embargo, tengo la peculiaridad de haber sufrido dos big crashes en veintidós años. Veintidós, justo hoy. Si todo empieza y se expande con el big Bang, todo se acaba y se contrae con un big crash. Porque lo digo yo, Doña nadie.
Cuando tenía 16 años me enteré de que mi primer amor no iba a ser mi único amor. Big Crash. No pasa nada –pensé- del suelo no pasas. Pero claro, crecer entre algodones y películas de Disney te hace más frágil que un castillo de naipes. A la edad de 21 me dí cuenta que a pesar de todo, seguía en el suelo. Cinco años de mi vida (dicen que de los mejores) sin parar y no había avanzado ni un puesto en el eje de ordenadas. Cojonudo. Segundo Big Crash. Me acurruqué en el suelo y me acomodé. Era necesario, ya que la primera vez sólo había actuado como una cucaracha boca arriba, venga menear las patas en vano…
De repente, lo que estaba arriba quedó debajo, el metafórico agujero de mi barriga empezó a cerrarse y las cosas se fueron haciendo más fáciles.
Digamos que, igual que el dolor es una señal de alerta para nuestra salud física, la tristeza lo es para la salud psíquica… Por mucho que de forma racional nuestra vida parezca perfecta, la tristeza es un indicador inequívoco de que no lo es. Las personas-cucaracha se evaden pataleando y no van a ningún lado, todo esfuerzo es inútil si no se mantiene el rumbo. Lo importante no es moverse, sino hacia dónde (al menos en esta moraleja). Yo he ido a la deriva y al final he encontrado el camino de chiripa, porque no ha pasado nada, en realidad. Me dí cuenta de que no podía darme la vuelta y he girado todo lo demás.









